Por lo general hay diferentes maneras de encarar una interpretación y relatar al gran público los viajes internacionales de los Papas. Estas lecturas, si son repetuosas y honestas, son legítimas, y siempre pueden constituir un aporte enriquecedor para comprender ese viaje. Los viajes internacionales de los Papas son eventos complejos y delicados, no se pueden “resolver” con alguna frase impactante o con una simple crónica. Sería incluso correcto afirmar que cada caso requiere adoptar criterios y parámetros, estilos y enfoques especiales, porque cada viaje es la expresión pastoral del Pontífice que lo realiza, y es en sí mismo un magisterio itinerante. Por otra parte, hay que tener en cuenta que magisterio itinerante no significa solamente que el Papa difunde sus enseñanzas durante el viaje. El magisterio itinerante es también una manera de hablarle a toda la Iglesia a partir, precisamente, de una realidad geo eclesial determinada. No se puede leer, interpretar o relatar, por ejemplo, el viaje del Papa Francisco a tres países sudamericanos (del 5 al 12 de julio) con el mismo lente y las mismas modalidades que se usaron cuando Juan Pablo II hizo ese recorrido 30 años atrás. Los cambios ocurridos hacen que este viaje sea un hecho completamente nuevo, lo mismo que la circunstancia de que cada Papa tiene un estilo personal para cumplir su misión itinerante. Por otra parte no hay que perder de vista, además, que un viaje papal tiene un punto de partida y una finalidad, y se presenta siempre como un proyecto pastoral específico. Por eso, una buena lectura de este evento solo se puede lograr como resultado de una reflexión completa sobre todo los aspectos en base a los cuales se ha contruido el viaje como hecho unitario.
Hemos puesto de relieve, aunque sea en forma sumaria, los aspectos citados, porque si un periodista no ha comprendido completamente un evento tampoco puede comprender en profundidad su magnitud, y difícilmente estará en condiciones de relatarlo. Lo que se describe en las dinámicas mediáticas puede acercarse bastante a la verdad solamente si el que asume el rol de narrador ha comprendido en su totalidad el objeto del relato. Es un axioma que probablemente se da por descontado, pero no hay que subestimarlo. La experiencia periodística de los 146 viajes de Pontífices fuera de Italia en la época moderna (desde que Pablo VI viajó a Tierra Santa en 1964 hasta hoy) permite resumir en tres puntos centrales qué es lo que ayuda a comprender bien un viaje papal y por lo tanto permite relatarlo igualmente bien. Con el paso de los años estos viajes se han vuelto cada vez más complejos y articulados, a tal punto que es posible identificar una especie de hilo conductor de los papados a partir de sus elecciones “geo-eclesiales”.
1) La fe. El Papa viaja por el mundo para confirmar a sus hermanos en la fe, es decir para compartir, renovar y reavivar, en torno a la Celebración Eucarística (el momento más relevante de cada viaje) la fe en Jesucristo y su Evangelio. Al mismo tiempo, esa confirmación hace referencia a la misión del Pastor Universal, el Papa, Vicario de Cristo, en comunión con el cual se realiza la Iglesia (Cum Petrus et sub Petrus). Si las visitas “ad Limina Apostolorum” que los obispos realizan cada 5 años al Vaticano se hacen en memoria de los Apóstoles, en el caso de los viajes del Papa esquemáticamente se podría parafrasear diciendo que son “ad Limina Iesus”, en memoria de Jesús Resucitado.
2) El hombre. En sus viajes el Papa visita y conoce iglesias y pueblos particulares, y de esa manera amplía necesariamente su mirada sobre la condición humana y asume en su magisterio itinerante todo lo que pertenece a esta humanidad, come si pusiera de relieve la naturaleza misma de la creación: “Desde que Dios se hizo hombre, el hombre es la medida de todas las cosas” (Karl Barth). El Papa san Juan Pablo II en su primera Encíclica (1979) Redemptor Hominis dejó enseñanzas bellísimas y precisas sobre esta misión, afirmando que “el hombre es el camino de la vida cotidiana de la Iglesia”. Y más adelante agrega: “Jesucristo es el camino principal de la Iglesia. Él mismo es nuestro camino “hacia la casa del Padre” y es también el camino hacia cada hombre. En este camino que conduce de Cristo al hombre, en este camino por el que Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no puede ser detenida por nadie”. El hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer para cumplir su misión: él es el primer y fundamental camino de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, camino que inmutablemente pasa a través del misterio de la Encarnación y de la Redención. “Este hombre es el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen de todos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre —todo hombre sin excepción alguna— ha sido redimido por Cristo, porque con el hombre —cada hombre sin excepción alguna— se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello, «Cristo, muerto y resucitado por todos, da siempre al hombre» —a todo hombre y a todos los hombres— «… su luz y su fuerza para que pueda responder a su máxima vocación»”.
3) Circunstancias. En muchos viajes papales, probablemente en todos, hay también una especie de “geopastoral eclesial”, es decir una proyecto específico del Papa que lo lleva a encarar situaciones particulares que no solo tienen, en su opinión, gran relevancia, sino también una cierta urgencia. Este tercer momento de un viaje pontificio vale la pena analizarlo por separado porque en muchos casos estas referencias “locales y puntuales” han adquirido una gran importancia y amplificación mediática. San Juan Pablo II afirma: “Siendo pues este hombre el camino de la Iglesia, camino de su vida y experiencia cotidianas, de su misión y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo debe ser, de manera siempre nueva, consciente de la «situación» de él. Es decir, debe ser consciente de sus posibilidades, que toman siempre nueva orientación y de este modo se manifiestan; la Iglesia, al mismo tiempo, debe ser consciente de las amenazas que se presentan al hombre. Debe ser consciente también de todo lo que parece ser contrario al esfuerzo para que «la vida humana sea cada vez más humana»,para que todo lo que compone esta vida responda a la verdadera dignidad del hombre. En una palabra, debe ser consciente de todo lo que es contrario a aquel proceso. (…) Si, en efecto, —como se dijo anteriormente— el hombre es el camino de vida cotidiana de la Iglesia, es necesario que la misma Iglesia sea siempre consciente de la dignidad de la adopción divina que obtiene el hombre en Cristo, por la gracia del Espíritu Santo”.
En síntesis, el Papa viaja por razones de fe, humanidad y circunstancias, y los tres elementos deben ser leídos en su conjunto, complejo y articulado, porque son todos rostros de un único gesto y de una única solicitud pastoral y eclesial. En la Misa Crismal del 20 de marzo de 2008, en Buenos Aires, el Arzobispo Jorge Mario Bergoglio dijo: “Este fervor misionero de Jesús siempre nos consuela y nos moviliza en toda nuestra tarea pastoral. Año tras año los que hemos sido ungidos, sellados y enviados volvemos a esta misma escena para renovar esa unción que nos hace conscientes de las fragilidades de nuestro pueblo, nos impele a salir de nosotros mismos y nos envía a todas las periferias existenciales para sanar, para liberar y anunciar la Buena Nueva”.
Quiere decir que hace siete años en tierras argentinas ya se escuchaba la voz del papa Francisco.

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