Una triste procesión de pequeños ataúdes de madera barata atravesó un pueblito de Guatemala, Quiquil, en la localidad de Huehuetenango, con poco más de cien habitantes indígenas de lengua Q’anjob’a. No hay electricidad, y esa noche los familiares y la población esperaron la llegada de los féretros a la luz de las velas. Los ataúdes contenían los pocos restos encontrados de los pobladores asesinados tres décadas antes por el ejército de Guatemala. Los sobrevivientes los esperaron 33 años, hasta que en 2016 los forenses pudieron darles un nombre y un rostro a los pobres despojos. Los cuerpos recorrieron el camino de vuelta a casa para recibir respetos y sepultura en su comunidad de origen, donde el 28 de junio de 1982 fueron secuestrados por trescientos miembros del ejército y asesinados.
En 2009, tras el descubrimiento de cinco fosas comunes, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala exhumó los restos de 50 personas, que finalmente pudieron ser sepultados.