Los obispos de Estado Unidos lanzaron la alarma solicitando a las autoridades de su país que proteja a los menores que viajan solos a la frontera de México, por lo general sin documentos legales. Los peligros que afrontan durante esa larga travesía constituyen una verdadera emergencia humanitaria. “Estos niños son extremadamente vulnerables a los traficantes de seres humanos y contrabandistas de personas sin escrúpulos y deben ser protegidos”, declaró el presidente del Comité para las migraciones de la Conferencia de los Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), el obispo auxiliar de Seattle, Eusebio Elizondo. La alarma está más que justificada. Durante el año 2013 y hasta el mes de mayo de 2014 el número de menores que se lanzan a las rutas tradicionalmente transitadas por los emigrantes se ha incrementado un 92%. En 20 meses las patrullas fronterizas de Estados Unidos arrestaron y devolvieron 71.510 menores de 17 años. Es un número sumamente elevado, una verdadera sangría humana que afecta especialmente a Honduras, Guatemala y El Salvador. “Realmente es una crisis humanitaria que requiere una respuesta global y la cooperación entre los diversos entes del gobierno de Estados Unidos”, comentó Eusebio Elizondo, reconociendo que se trata de “un problema muy complicado, pero sus raíces deben ser atendidas tanto por nuestro gobierno como por los gobiernos de la región. Lo que está en juego son jóvenes vidas”.
Todavía está vivo el recuerdo de la misa del 1º de abril que celebraron el arzobispo de Boston, cardenal Seán O’Malley, Mons. Gerald Kicanas (Tucson) y otros numerosos obispos en la frontera de Nogales, Arizona. Tal como están vivas las palabras pronunciadas en esa oportunidad. “«Venimos a llorar al desierto de Arizona a los innumerables migrantes que arriesgan sus vidas en manos de los “coyotes” y de las fuerzas de la naturaleza para venir a los Estados Unidos”, dijo O’Malley rodeado por los obispos de las diócesis mexicanas de 6 estados limítrofes con USA (Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León e Tamaulipas), todas afectadas por el drama humano de los migrantes. En esos mismos lugares encontraron la muerte casi seis mil latinoamericanos que intentaban cruzar la barrera entre las dos naciones. O’Malley, que forma parte del grupo de 8 cardenales creado por el Papa al inicio de su pontificado, había hecho referencia precisamente a los menores, “el año pasado alrededor de 25.000 niños, la mayoría de Centroamérica, llegaron a los Estados Unidos sin la compañía de un adulto”.
A esta apelación de los obispos estadounidenses para intensificar la tutela de los menores que emigran completamente solos se unió también en estos días la voz del veterano jesuita Pedro Pantoja Arreola, director de la Posada Belén de Saltillo, en el estado mexicano de Coahuila. Hace más de diez años que el albergue del sacerdote es conocido porque ofrece alojamiento a emigrantes centroamericanos que emprenden la llamada “ruta del Golfo”, a diferencia de otros mexicanos que prefieren la del Pacífico o las zonas montañosas de la Sierra Madre. Ha acogido más de 50 mil desde que abrió sus puertas, en el año 2000 y conoce perfectamente la realidad de sus huéspedes. “Son cada vez más lo menores que se unen al flujo de migrantes y el crimen organizado también es cada vez más activo reclutando migrantes adolescentes”. Pantoja y su grupo, del que forman parte algunas religiosas, fueron unos de los primeros que denunciaron los secuestros y asesinatos masivos de migrantes. Como el de 2010, con 72 muertos en la localidad de San Fernando, Tamaulipas, y en el mismo lugar, en 2011, cuando se encontraron casi 200 cadáveres en una fosa común; después, en la segunda mitad de ese mismo año, la masacre de Cadereyta, en el estado de Nuevo León: 49 cuerpos desmembrados que se descubrieron el 13 de mayo de 2012.
El padre Pantoja está preparando un nuevo informe que irá a sumarse a todos los anteriores y donde una vez más denunciará con claridad que las autoridades mexicanas no protegen a los emigrantes más débiles, precisamente los niños y los adolescentes. Unos 600 hondureños por semana abandonan sus pueblos y “se encaminan directamente hacia la trata sexual, laboral o a ser masacrados en el camino, pero también a convertirse ellos mismos en sicarios de sus hermanos migrantes”. A la Posada de Belén llega un promedio de 250 menores entre los 13 y los 18 años cada semana, “que el crimen organizado se disputa como si fuera mercadería, mientras la sociedad civil no sabe qué hacer”. “Quedan marcados para siempre, no tienen un futuro digno de ese nombre”. El sacerdote lamenta no poder hacer más. “En nuestro refugio no podemos tenerlos mucho tiempo; los retenemos lo más posible según las condiciones en que llegan, pero después vuelven a emprender la marcha y su casa pasa a ser el vagón de un tren, con todos los peligros que eso significa”.

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