La mayoría son hombres solos, entre los 20 y los 30 años, con instrucción universitaria e inglés fluido. Aprovechan una resolución promovida por el gobierno brasileño para desburocratizar la concesión de visas a los refugiados, lo que llevó a recibir 1740 personas solo en 2014, convirtiendo a Brasil en el país más activo de America Latina para acoger a los que huyen de la guerra. La revista Istoé ha relatado las historias de algunos de ellos. Como la de Nasr Alden Moughrabiah, de 39 años, que escapó de Siria porque lo obligaban a enrolarse en el ejército. Vive en San Pablo, trabaja como representante de una marca de jeans y dice que su padre, su madre y su hermano solo están esperando vender la casa en Damasco para reunirse con él. Moughrabiah eligió vivir cerca de la mezquita de Pari, que se ha convertido en un punto de referencia para estos prófugos catapultados del otro lado del océano. “Somos como una lancha de salvataje”, explica la funcionaria Layla Lelo, brasileña convertida al Islam y una de las fundadoras de “Oasis solidario”, un grupo de presta apoyo a los refugiados en colaboración con las autoridades. Aunque para otro de los fundadores, el sirio Amer Mohamad Masarini, el gobierno podría hacer más: “Es algo muy bueno que Brasil haya abierto las puertas. Sin embargo los problemas comienzan apenas los prófugos tocan tierra: hay poca gente en condiciones de ofrecerles información –no digo en árabe- pero ni siquiera en inglés”. Otras organizaciones de derechos humanos, como la Comisión de Derechos del Refugiado, están de acuerdo con él: “La mayor parte de la ayuda proviene del tercer sector. El gobierno debe organizarse mejor para hacer frente a las numerosas llegadas, que han seguido aumentando en 2015”.
Efectivamente, porque ya son cerca de 4 millones los sirios que huyeron del conflicto que comenzó con una manifestación pacífica durante la Primavera Árabe en 2011 y que – muy lejos de haber terminado – ha dejado 200 mil muertos en tres años. “Usted no sabe lo que es la guerra”, repite Mazen al-Sahli, un hombre de 45 años que como consecuencia de un bombardeo perdió la casa y el restaurante que tenía en Damasco. Ahora vive en San Pablo junto con su hijo de 16 años y su esposa. Brasil fue el único país que aceptó su solicitud de asilo, después de la negativa de las embajadas de Suecia y Alemania (pero hay que reconocer que estos dos países de Europa reciben ellos solos el 52 por ciento de los refugiados). Están aquí desde enero de 2014, poco más de un año. “De a poco vamos reconstruyendo nuestra vida”, dice. “Es difícil volver a empezar, pero ha sido mejor venir aquí que permanecer en un lugar donde no podíamos salir de casa por miedo a perder la vida”.

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